domingo, 24 de junio de 2018

¡Mejorar la alimentación con la ayuda de un decreto!

Foto tomada de https://www.bioparcvalencia.es/pablo-herreros-ubalde-presenta-yo-mono-bioparc-valencia/
La alimentación es a la vez determinante y expresión del continuo salud-enfermedad. La forma de alimentarse tiene que ver con múltiples factores: socioeconómicos, educativos, culturales, entre otros, pero también con la disponibilidad alimentaria y con la presión que la industria alimentaria puede ejercer, haciendo excesivamente accesibles ciertos alimentos y bebidas a la población. Cuando esta oferta de alimentos se realiza con presencia de alimentos y bebidas ricos en energía, exceso de azúcares, de grasas o de sal, se está generando un ambiente favorecedor de obesidad. 

La existencia de franquicias, máquinas de venta u otras formas en cualquier lugar, a cualquier hora es preocupante y mucho más, cuando esta "oferta alimentaria" poco educativa y ejemplarizante, la podemos encontrar incluso en aquellos lugares donde el mensaje se antoja contradictorio con el talante de los profesionales que los emiten. Por ejemplo, en el entorno sanitario es claro el mensaje reiterado sobre la realización de una dieta saludable y, sin embargo, podemos encontrar en sus instalaciones máquinas dispensadoras de alimentos y bebidas cuyo contenido es una paradigma de todo lo contrario. También podríamos decir esto del entorno educativo y de otros centros de la administración como los de bienestar social. A este tema hemos dedicado otras entradas en este mismo blog.



Sin embargo, hoy podemos traer una buena noticia, por fin una administración (Consell de la Comunitat Valenciana) se decide a regular este tema: DECRETO 84/2018, de 15 de junio, del Consell, de fomento de una alimentación saludable y sostenible en centros de la Generalitat. [2018/6099]. Aunque habíamos oido las voluntades de abordar este tema desde otras comunidades, ahora si se puede decir que el primer paso se ha dado. Esperemos que pueda cundir el ejemplo y que el efecto dominó no se haga esperar.

Vamos a destacar los puntos más destacados del mismo, sobre las máquinas expendedoras de alimentos y bebidas:
  • garantiza y regula una alimentación saludable en todos los centros de titularidad pública, ya sean sanitarios, educativos o de servicios sociales. También atañe aquellos centros y establecimientos de titularidad de la Generalitat que cuenten con servicios de restauración colectiva o venta de alimentos y bebidas.
  • establece que pueden contener las máquinas expendedoras de alimentos y bebidas cuando se sitúen en dichos centros: agua envasada, leche no entera, yogures y otras leches fermentadas bajos en grasas y sin azucares añadidos, panes integrales, fruta fresca, frutos secos no fritos y bajos en sal, refrescos sin azúcar añadido, zumos de fruta, platos a base de vegetales frescos y sopas vegetales frías.
  • será obligatorio disponer de productos para personas con intolerancia al gluten.
En la compra pública de alimentos:
  • se fomenta la compra de frutas, verduras y hortalizas de proximidad, temporada y producción ecológica.
  • se fomenta la compra de alimentos saludables y sostenibles.
  • se obliga a disponer de alimentos sin gluten.
  • en los pliegos de los concursos públicos se considerará el abastecimiento de un 40% de frutas y verduras de temporada de la Comunitat, y un 3% de productos ecológicos.
  • Por último, se establece que los menús deben tener como base la dieta mediterránea. 
En pocas palabras, una iniciativa muy interesante y necesaria para poder dar a la ciudadanía una oferta alimentaria saludable que nos proporcionará un ambiente menos obesigénico. 

lunes, 30 de abril de 2018

Los alimentos ultra-procesados ¿una nueva plaga?




El término “procesamiento” o “alimento procesado” es muy genérico. Todos los alimentos sufren alguna forma de procesamiento antes de su consumo ya que el procesamiento implica toda la cadena alimentaria, desde la cosecha hasta las diferentes formas de preparación culinaria en el propio hogar.
Los alimentos pueden ser utilizados en su forma original (frutas, frutos secos o leche), como comidas (cereales, legumbres, carne o huevos), como productos utilizados para estas preparaciones (aceites, manteca, azúcar o sal) o como productos transformados listos para ser consumidos (pan, queso, jamón, aperitivos envasados, bebidas sin alcohol, platos preparados).

Los alimentos procesados, cada vez más procesados, se han hecho tan omnipresentes en la población que han acabado por convertirse en una “especie invasora”. Sin embargo, su penetración en cada país es desigual. Mientras que en Reino Unido, Alemania e Irlanda el porcentaje de alimentos procesados en la dieta de las personas es superior al 45%; en Portugal, Italia, Grecia y Francia no superan el 15%.

La cuestión es que, como si de una plaga se tratara, están desplazando los grupos alimentarios más tradicionales (frescos y de proximidad) modificando sobremanera la alimentación, en nuestro caso, mediterránea. Según un estudio, entre 1998 y 2012, las ventas de aperitivos dulces o salados y de bebidas sin alcohol por individuo aumentaron en un 50 % en países con ingreso medio alto y en un 100 y 300 %, respectivamente en países con ingreso medio bajo.

En la dieta española los alimentos ultra-procesados han pasado de suponer el 11% de nuestra dieta en 1990 a triplicar su presencia 20 años después. De forma inversa, los productos no procesados pasaron del 61,4% a 42,9%.
Fuente: *Added sugars and ultra-processed foods in Spanish households (1990–2010), Eur J Clin Nutr 2017

No me sorprende, el ultra-procesamiento pone a nuestro alcance productos alimentarios de largo almacenaje, listos para consumir, atractivos (tan sabrosos que crean fácil adhesión y fidelidad) y por tanto altamente rentables para las empresas. Y por si fuera poco, vienen arropados por un envase atractivo y una intensa difusión.
Pero ¿qué consideramos alimentos procesados?
Si bien existido muchas propuestas de clasificación vamos primero a intentarlo con la más divulgada: la clasificación NOVA, que categoriza los alimentos en tres grandes grupos (Tipo I, II y III), en función del alcance y el propósito del procesamiento de alimentos, sin tener en consideración su contenido en nutrientes.

Alimentos no procesados o mínimamente procesados (Tipo I)
Son alimentos o partes de ellos que no han sido modificados o lo han sido mínimamente, esto es sin que se haya agregado ni introducido ninguna sustancia. Pueden ser vegetales o animales y de reciente cosecha, recolección, o sacrificio.

Los procesos de transformación a los que pueden haber sido expuestos son: limpieza, lavado, aventado, descascarillado, pelado, moltura, rallado, exprimido, descamado, deshuesado, trinchado, cortado y fileteado; secado, descremado y reducción grasa; pasteurizado y esterilizado; refrigerado y congelado; sellado, envasado y envasado al vacío o con atmósfera de gas; malteado añadiendo agua y fermentado mediante la adición de organismos vivos, pero sin generación de alcohol.

Ingredientes procesados (Tipo II)
Son productos extraídos y purificados a partir de alimentos, normalmente por parte de la industria o bien obtenidos de la naturaleza (como la sal). La extracción se produciría sobre todo mediante procesos de prensado, molienda y pulverización y pueden utilizarse estabilizantes o agentes de purificación y otros aditivos en su producción.

Pertenecen a este grupo: los aceites vegetales, las grasas animales, azúcares y jarabes, la sal y, los almidones y harinas, pasta y fideos crudos (a base de harina y agua).

Alimentos procesados (Tipo IIIa)
Son derivados directos de alimentos reconocibles como versiones de los originales. Estos alimentos se producen mediante la adición de sustancias. Los procesos de transformación de este grupo incluyen el enlatado y embotellado utilizando aceites, azúcares (o jarabes) o sal y métodos de conservación como el salado, el ahumado y el curado.

Estos serían los alimentos incluidos: verduras y legumbres en lata o frasco conservados en salmuera; frutas en almíbar; pescado (troceado o entero) conservado en aceite; frutos secos salados; carne y pescado procesados, tales como jamón, tocino, pescado ahumado o el queso.

Alimentos ultra-procesados (Tipo IIIb)
Son productos fabricados a partir de sustancias derivadas de los alimentos. Habitualmente no son reconocibles como los alimentos originales, aunque pueden imitar su apariencia, forma y cualidades sensoriales. La mayoría de sus ingredientes son conservantes; estabilizantes, emulsionantes, disolventes y aglutinantes; edulcorantes, potenciadores sensoriales, de color y sabor; aditivos para su fabricación y otros. Los procesos utilizados en su producción pueden ser hidrogenación e hidrólisis; extrusión y moldeo; fritura y horneado.

Algunos ejemplos: patatas chips y otros tipos de aperitivos dulces, grasos o salados; helado, chocolates, caramelos (confitería); patatas fritas, hamburguesas y perritos calientes; varitas o porciones preparadas de pollo, pavo, pescado, etc.; panes, bollos, galletas, cereales para el desayuno; pasteles, tartas, barritas energéticas, mermelada, margarina, postres preparados; sopas enlatadas, deshidratadas, envasadas y un largo etc... 

De forma aproximada me atrevería a decir que ¡cuanto más procesado es el alimento más larga será su lista de ingredientes!

Lo vemos con algunos ejemplos.


Y no, no hemos de confundir términos, existen productos ultra-procesados integrales y orgánicos o ecológicos. Atención porque "la mona aunque se vista de seda mona se queda", podemos encontrar masas de pan horneadas con semillas o chips (aperitivos) de legumbres ecológicos. 

Basta comprobar este listado de ingredientes (real) de unos chips de garbanzo: harina de garbanzos* 34%, fécula de patata*, aceite de girasol no hidrogenado*, harina de patata* y sal marina. Puede contener trazas de gluten, soja y leche. (*)=De cultivo ecológico. Y ver como su información nutricional también difiere del consumo del alimento no procesado.




Pero, ¿qué ocurre con los procesados y la salud?

Los alimentos ultra-procesados contienen fuentes energéticas y de nutrientes habitualmente no utilizados en las preparaciones culinarias, como la caseína, la lactosa, el suero de la leche y el gluten. Otros provienentes del procesamiento, como los aceites hidrogenados, las proteínas hidrolizadas, la proteína de soja purificada, la maltodextrina, el azúcar invertido o el jarabe de maíz rico en fructosa. Por supuesto que los aditivos (conservantes, antioxidantes, estabilizadores) también tienen una gran presencia.



Lógico es pensar que el consumo de productos ultraprocesados aumenta la densidad energética global de las dietas ya que aumenta su contenido en grasas saturadas y trans, azúcares libres y disminuye la presencia de fibra y otros nutrientes. Los tipos específicos de procesamiento y los riesgos de la enfermedad, ya sea de forma negativa o positiva, no se han definido con precisión. 

Diferentes estudios encuentran asociación entre productos ultraprocesados y obesidad, hipertensión, síndrome metabólico, diabetes, dislipidemias e incluso con el riesgo de cáncer. Así que su masivo consumo y el desplazamiento de otros alimentos de la dieta debe empezar a ser “vigilado” si queremos compatibilizar los avances de la industria alimentaria y sus efectos en la salud de la población.