sábado, 22 de febrero de 2014

¿Quién paga manda?



Foto tomada de elpais.com/diario/2011/08/05/revistaverano/

Las investigaciones y sus respectivas publicaciones deben sortear habitualmente un sinfín de obstáculos (sesgos) para que las conclusiones de las mismas puedan ser consideradas consistentes, creíbles y generalizables. Tradicionalmente se exige a los investigadores que declaren los potenciales conflictos de interés que el patrocinio de los trabajos puedan tener porque ello puede influirles (¿presionarles?) "consciente o inconscientemente" durante el ciclo completo de sus trabajos.

Pasó con la industria tabaquera
Si en 1981, un estudio del japonés Hirayama concluía que las mujeres (fumadoras pasivas) de varones muy fumadores presentaban el doble de riesgo de desarrollar cáncer de pulmón que las mujeres de varones no fumadores. La industria tabaquera se tomó muchas molestias para desarrollar toda una estrategia para refutar los resultados utilizando las mismas armas (estudio y publicación en 1995) para llegar a las siguientes conclusiones: "no existen evidencias que permitan afirmar que los fumadores pasivos tengan mayor riesgo de padecer cáncer" añadiendo que el trabajo anteriormente aludido "era poco creíble" y que carecía de evidencias científicas concluyentes. Fue un excelente artículo publicado finales de 2002 en el BMJ de Hong y Bero, el que puso orden y concierto en este asunto. 

El dificil equilibrio con la industria farmacéutica
También la relación de algunos investigadores con alguna industria farmacéutica se ha visto impregnada, con errores o sesgos. Resulta cuanto menos curioso que sean publicados de forma más frecuente aquellos estudios que presentan hallazgos acordes con las "bondades" de la molécula objeto de interés. Y máxime cuando los medicamentos recetados han llegado a suponer la tercera causa de muerte en  EEUU.  Tema candente y del que vale la pena leer el reciente (14-01-2014) debate que propicia el BMJ en su artículo “Should journals stop publishing research funded by the drug industry? (¿Deberían las revistas dejar de publicar artículos de investigación financiados por la industria farmacéutica?). Richard Smith (ex editor del BMJ) y Peter Gøtzsche (Director del Centro nórdico Cochrane) argumentan a favor del cese, “las revistas deberían dejar de publicar ensayos clínicos financiados por la industria farmacéutica por la misma razón que no publican investigaciones financiadas por la industria tabaquera: hacen daño a la gente”. Trish Groves, editora del grupo BMJ, razona porque deben seguir publicandose (por el momento).

Le ha llegado el turno a la industria alimentaria
Y ¡no hay dos sin tres! Un estudio publicado en diciembre de 2013, en PLoS Medicine sobre el consumo de bebidas azucaradas y la ganacia de peso parece confirmar la hipótesis de que los autores de algunas revisiones sistemáticas llegan a conclusiones consistentes con los intereses de sus benefactores. ¿Como lo hicieron? Las conclusiones de 17 revisiones sistemáticas sobre el tema fueron clasificadas de forma independiente por dos investigadores en dos grupos: aquellos que encontraban una asociación positiva y aquellos que no. Estos dos revisores no conocían si existía financiación o posibles conflictos de intereses. En 6 de estas revisiones existía un potencial conflicto de intereses financieros con alguna industria de la alimentación. Entre las revisiones sin conflicto de intereses, el 83,3% de las conclusiones (10/12) indicaba que el consumo de refrescos azucarados puede ser un potencial factor de riesgo para el aumento de peso. Por el contrario, el mismo porcentaje de conclusiones, 83,3%, (5/6), de las revisiones con posible conflictos de intereses por financiación de la industria alimentaria, estableció que existían datos insuficientes para establecer la asociación positiva entre consumo de bebidas carbonatadas y aumento de peso u obesidad. Así estimaron que era 5 veces más probable de presentar una conclusión de no asociación positiva entre consumo de refrescos azucarados y el acumulo de unos kilitos de más que aquellas que no lo tenían.

Por supuesto que los estudios publicados que no declaran conflictos de intereses relacionados con la financiación de la industria alimentaria también podrían estar sometidos a otros sesgos, pero el hecho de que los revisores no conocieran esta situación con anterioridad sigue siendo un valor añadido a la conclusión principal.

Visto lo visto (o leido lo leido que tanto da) es inevitable pensar que toda medida que ayude a identificar este tipo de conflictos de interés es poca. Y que la ciencia y la investigación debe quedar totalmente al margen ni siquiera por asomo, por acción u omisión, de aquello de "quien paga manda".

domingo, 16 de febrero de 2014

¡Agua va!


Con la lluvia acechando, he tenido que evitar el campo sembrado por heces caninas en una calle. No me valen los buenos augurios que se le supone al hecho de pisar tan traidor elemento. A la cabeza me ha venido rápidamente aquello del ¡Agua va!, como si estuviéramos en plena Edad Media,  y de lo que podía suponer el accidentado tránsito por la calles dónde no sólo supongo debías mirar hacia bajo sino también esquivar los meteoritos caídos desde algunas ventanas. 

Para atajar esta potencial fuente de problemas de salud y evitar las molestias de todos, se dictan normas que con excesiva frecuencia se quedan en papel mojado. Así la normativa por ejemplo del Ayuntamiento de Valencia, a través de la Ordenanza Municipal de Tenencia de Animales, recoge condiciones y pautas que deben de seguir los propietarios de animales de compañía en las vías públicas, que resumo a continuación:
  • Hace responsable a los propietarios de los daños o afecciones a personas y cosas y de cualquier acción que ocasione suciedad en la vía pública producida por animales de su pertenencia.
  • Prohibe ¿a los animales? por motivo de salubridad que realicen sus deyecciones o deposiciones sobre las aceras, parterres, zonas verdes, zonas terrosas y los restantes elementos de la vía pública destinados al paso, estancia o juegos de los ciudadanos
  • Obliga al conductor del animal a recoger y retirar los excrementos e incluso a la limpieza de la parte de la vía pública que hubiera sido afectada.
  • Establece sanciones económicas para sus cuidadores y la retirada de la tutela de los animales sino cumplen con ellas. 
Desgraciadamente las normas elementales son frecuentemente ignoradas por algunos de sus, también, "mejores amigos".
La observación de heces en su momento cumplió con una función importante, aunque quedan lejos (eran los años 70), los paseos de Trowell y Burkitt en su estancia en Africa y sus reflexiones sobre el volumen y número de heces encontradas a su paso. Ello dio paso, tras adecuados estudios, a establecer hipótesis y posteriormente consistentes relaciones entre consumo de fibra y la enfermedad diverticular, el cáncer de colon y recto, la apendicitis, las varices y las hemorroides, enfermedades coronarias, cálculos renales y diabetes. Fue el lanzamiento al estrellato de la fibra dietética que pasó de hacer cameos en la película nutricional, a ser nominada de forma indiscutible al Goya/Oscar de actriz principal para la salud de las personas. 
He querido dedicar esta entrada a tan cotidiano como desconocido residuo. Y es que las cifras descriptivas lo sitúan en un lugar importante como motivo de preocupación para mucha población. Basta recordar que ha sido y es objeto (indirecto) del marketing de ciertos productos alimenticios como se encargan de recordarnos José Coronado o Carmen Machí en sus papeles de felices evacuadores patrocinados. 

Por término medio el ser humano occidental defeca alrededor de 150 g de excremento (las mujeres algo más) mientras que en otras latitudes pueden alcanzar los 500 g (por ejemplo en poblaciones de Africa con dietas de predominio vegetal). Estamos hablando entre los 55 kg del europeo a los 183 kg del nuestros congéneres africanos per capita y año. El misterio puede quedar resuelto conociendo que mientras las recomendaciones de IOM nos recuerdan lo interesante de consumir entre 25 y 38 g de fibra diarios, los estudios nacionales comprueban que estamos lejos de estas cifras presentando una media de consumo entre los 18,9 y los 20,9 g. (Estudio ENIDE). Si queréis ahondar en el tema de cómo aumentar su presencia en la dieta os recomiendo la reciente entrada de Juan Revenga en su blog "El Nutricionista de la General".

Pero ¿De que están compuestas la heces? Un 75% son agua y el restante 25% es material sólido. De este material solido: un 30% lo constituyen las bacterias; entre un 10-20% grasas y otro tanto igual sustancias inorgánicas; un 2-3% de proteínas y el tercio restante se reparte entre pigmentos biliares, restos celulares y materia no digerible. Así podríamos decir que contienen aproximadamente 37 g de material sólido y unos 11 g de bacterias  que de forma teórica podríamos traducir a 110 billones de bacterias.

Y conocidos son los inconvenientes derivados del contacto con el contenido de los excrementos, como las enfermedades que pueden ser trasmitidas tanto por las heces de los perros como las humanas; para muestra un botón: giardiasis, teniasis, criptosporidiosis, tricuriasis, amebiasis, toxocariasis, anquilostomiasis, hidatidosissalmonelosis, hepatitis, shigelosis, etc... 

Pero menos conocidas son algunas implicaciones reparadoras de los excrementos ¿Que diríais si os propusieran hacer un "transplante" de heces como tratamiento? Es lo que se conoce como trasplante fecal y ya empieza a tener un lugar para ciertas enfermedades como las producidas por Clostridium difficile, y se está ensayando (en ratas) para implantar flora intestinal (bacteroidetas) que evitarían el acúmulo de grasas y la obesidad. Algunos investigadores realizan la implantación mediante una sonda nasogástrica mientras otros lo realizan directamente por vía rectal. Y aunque es un tema que de momento forma parte más de las discusiones académicas que de la práctica clínica, no se si en un futuro tendremos un yogur con tal original complemento. Los creativos tendrán que trabajarse mucho el nombre.